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Introducción
 
GRANDES METAS
PÚBLICAS


GRANDES METAS PÚBLICAS PARA CUMPLIR LA CONSTITUCIÓN

El programa de desarrollo que nuestro país necesita está delineado en la Constitución Nacional que, al incluir una completa lista de derechos y garantías, propugna claramente un Estado de Bienestar.

El compromiso de proveer los bienes públicos que el Estado de Bienestar requiere, suele ser utilizado por los gobiernos para intentar justificar los continuos crecimientos del gasto público, que hoy alcanza un nivel sin precedentes: 47% del PBI, pero que recurrentemente terminan en “promesas incumplidas”.

En 2012 el Estado gastó mil millones de dólares por día laborable.

La baja calidad e insuficiencia de estos bienes públicos deja sin justificación a semejante nivel de exacción de recursos.

Es necesario, por lo tanto, revertir esta situación tomando la decisión de poner en marcha un plan de grandes metas públicas que brinde a los habitantes servicios públicos de calidad.

El rol esencial e indelegable del Gobierno es gobernar, en el sentido estricto del término: gobernar es principalmente crear las instituciones que permitan la cooperación social, potenciando el ahorro popular para canalizarlo a la concreción de las grandes metas públicas prioritarias.

La economía nacional, está en condiciones de financiar con sus propios recursos estos emprendimientos, si primero se crean las instituciones que incentiven el ahorro nacional y lo orienten a la inversión reproductiva:

En primer lugar, es necesario crear por ley una Unidad de Cuenta Estable que conserve un poder adquisitivo constante a perpetuidad.

En segundo lugar, sustentados por la Unidad de Cuenta Estable, es necesario propiciar un sistema bancario profundo y un mercado de capitales difundido en la población, que posibilite el financiamiento interno y minimice la necesidad de contraer deuda externa. Creemos que es esencial evitar el camino fácil del endeudamiento externo, calificado por el economista venezolano y profesor de la Universidad de Harvard Ricardo Hausmann, como el “pecado original” de América Latina.

Para que el crédito de largo plazo orientado a estas grandes metas sea posible, es necesario asegurar flujos de repago confiables que otorguen credibilidad a los instrumentos financieros que actúan como vínculos de enlace entre el ahorro y la inversión.

Hoy el Estado argentino es rico en flujos de fondos y pobre en stock de bienes públicos. Para revertir esta situación, debe afectar parte de esos flujos para generar una corriente de inversiones orientadas a proveer eficientemente los bienes públicos garantizados por la Constitución, tales como vivienda, saneamiento, transporte, energía y seguridad pública.

Con las cifras del presupuesto 2012, nuestro Estado podría haber atraído inversiones por el equivalente a US$ 147.000 millones, afectando un flujo de fondos equivalente al 7,64% de este presupuesto. Desde luego en un proceso gradual, para evitar ahogos presupuestarios.

Es imperioso inducir el pleno empleo productivo para frenar el desbordado aumento de la burocracia estatal que viene creciendo en forma alarmante sin ningún sustento.

El trabajo genuino y productivo del pueblo es nuestro recurso más valioso y no podemos esterilizarlo en la gigantesca autoclave de la burocracia estatal.

El tiempo es el recurso más escaso que tenemos. No podemos seguir dilapidándolo manteniendo modelos de gestión perimidos que intentan crear bienes públicos y fracasan por su morosidad, su inoperancia y su proclividad a la corrupción.

Hoy, además, la mejor tecnología está disponible, para acortar plazos y reducir costos.


El rol del Hombre en la Tierra

Creced y multiplicaos; henchid la Tierra y sometedla. Génesis, 1,1-2,4.

La posición del hombre ante la Naturaleza varía en las distintas religiones: para los hindúes el hombre está por debajo de la vaca sagrada; para las religiones orientales de China y Japón el hombre está al mismo nivel que los restantes seres vivos, sean animales o plantas.  Únicamente la religión judeocristiana proclama al hombre como Señor de la creación; titular del mandato bíblico de someter la Tierra.

Someter la Tierra significa que el Hombre tiene un rol co-creador con la Providencia que le ha dado la inteligencia para poder dominar animales más fuertes, o mover pesos más pesados que su propio cuerpo.  Las creencias religiosas influyen en la actitud vital que es más resignada y pasiva en la religión hindú y mucho más decidida y transformadora en el caso de la cultura judeocristiana.

El Señor no actúa por sí en la Tierra, sino que ha dado libertad al hombre para que usando su inteligencia y su imaginación mejore su condición natural transformando el Planeta.  Cuando el hombre embalsa las aguas para regar los desiertos; cuando atraviesa los ríos con puentes; cuando horada las montañas para atravesarlas con ferrocarriles o carreteras, no sólo está construyendo un dique, un puente o un túnel sino que está modificando el Planeta y cumpliendo el mandato divino de “someter la Tierra” que es rasgo distintivo de nuestras raíces culturales y religiosas.

Darle un sentido trascendente a tareas repetitivas, monótonas y esforzadas es una forma de gratificar el espíritu y hacerlas más llevaderas.

Cuenta un filósofo de la Edad Media que al llegar a París encontró un picapedrero quejoso y desganado trabajando en su oficio.  El filósofo le preguntó: ¿Qué haces? Y contestó: pico piedras por una paga miserable.

Poco más adelante otro picapedrero hacía la misma labor y probablemente recibiría la misma paga insuficiente.  Sin embargo su rostro se veía radiante y entusiasta golpeando gozoso las piedras mientras las chispas y las esquirlas saltaban por todos lados.  El filósofo le preguntó: ¿qué haces?. Contestó orgulloso: construyo catedrales.

Darle un sentido trascendente a la labor humana, al trabajo duro y repetitivo, es actuar sobre la fibra más valiosa del ser humano.  Es enaltecerlo como persona.

La fórmula del desarrollo

Roosevelt asumió su primera presidencia en 1933, cuando el desempleo agobiaba a Estados Unidos con 13 millones de desocupados.  En su discurso inaugural ante el Congreso dijo: “Nuestra máxima prioridad es poner la gente a trabajar”.  Para ello lanzó un gigantesco plan de obras públicas que dio empleo productivo a 8,5 millones de personas.  Su éxito fue tan rotundo que fue electo para cuatro períodos presidenciales consecutivos.  El último quedó inconcluso por su fallecimiento en 1945.

En apenas ocho años construyó:

* Un millón de kilómetros de caminos.  Nuestro país apenas construyó 57.000 km. en toda su historia (menos del 6 por ciento).

* 77.000 puentes, algunos de la importancia del puente colgante Golden Gate de San Francisco.

* Grandes diques como el Hoover Dam en California y la sistematización integral del Valle de Tennessee;

* 285 aeropuertos, en una época en que la navegación aérea era casi una curiosidad deportiva.

* Centenares de miles de kilómetros de cañerías de agua y cloacas, además de escuelas, centros deportivos, edificios públicos, centros cívicos, parques públicos y las primeras autopistas.

El P.B.I. creció el 8 % anual promedio.  Lo esencial es que no se repartieron subsidios para que la gente no trabajara, sino que se creó la demanda para posibilitar un trabajo productivo y fecundo.

La frase de Roosevelt en su monumento en Washington sintetiza su política progresista:

“Ningún país por rico que sea puede soportar el despilfarro de sus recursos humanos.  La desmoralización causada por el desempleo en gran escala es nuestra mayor extravagancia.  Moralmente, es la mayor amenaza para nuestro orden social”

Argentina hoy sufre una situación de parálisis y desempleo comparable a la Gran Depresión.  Es mucho lo que podemos aprender de la política del New Deal.

Los motores del desarrollo

Tres fueron los motores que ‘traccionaron’ al resto de la economía de los EE.UU. durante el Siglo XX: la vivienda, las carreteras, y el automóvil.  Tal la conclusión unánime de un grupo de economistas demócratas y republicanos convocados por el Congreso en la década del ’70 para diagnosticar cómo salir de la stagflation que en esos momentos afectaba al país.

La conclusión es importante porque demuestra que los verdaderos motores del crecimiento fueron actividades masivas y no de tecnología de punta.  Porque, para ‘traccionar’ al resto de la economía interesa el volumen que sólo puede darse en actividades masivas: todos necesitamos una vivienda; todos necesitamos un auto, todos circulamos por las carreteras.

La cuestión es especialmente relevante en una economía como la americana que ha  sido líder indiscutido en el desarrollo de tecnologías de punta: cibernética, bioingeniería, fisión nuclear, viaje a la Luna.  A pesar de la importancia de la tecnología de punta, no han sido éstas actividades los motores del desarrollo, porque la alta tecnología está reservada a una elite de investigadores y no alcanza el volumen masivo de las otras tres.

Si Argentina quiere salir rápidamente de la depresión, debe fijar como metas estas actividades que se pueden alcanzar movilizando recursos internos disponibles que no requieren importaciones, ya que los insumos básicos son de producción local, y los equipos pesados –que son importados- están ociosos.

Por ejemplo, tenemos distribuidoras de hormigón suficientes para construir 3.500 km. de autopistas por año y completar la Red Federal de Autopistas en apenas cuatro años.  Parte de estos equipos están inactivos juntando herrumbre en los galpones.



 

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